Montse Gómez: Somos más que un cuerpo físico.
Actualizado: 20 ago
Montse es una apasionada de la Vida comprendida en un todo con el ser interior y espiritual que somos todos.
Sus estudios de filolología española, han marcado un cuidado por la profundidad y el detalle, y esto la ha llevado a transcender de forma sutil pero impactante un episodio doloroso de su vida, que le marcó un antes y después.
Autora del precioso libro Te doy Mis Alas, nos explica en esta entrevista su forma de comprender la vida y como comparte su sabiduría con quienes lo necesitan, como medium y acompañante de duelo.

¿Qué crees que es importante para las personas cuando pierden a alguien querido? ¿Qué tipo de soporte, según tu propia experiencia, necesitan?
M.G. Cuando una persona pierde a alguien a quien ama, creo que lo más importante no es que le expliquen cómo debería sentirse ni que intenten aliviar su dolor deprisa. Lo que más necesita es sentirse profundamente comprendido. El duelo es una experiencia muy íntima. Cada persona la vive de una forma diferente y necesita recorrer su propio camino, sin comparaciones y sin prisas. Muchas veces, más que respuestas, necesita un lugar seguro donde poder expresar todo lo que lleva dentro: la tristeza, la rabia, la culpa, el miedo, la confusión o incluso el amor que sigue sintiendo por quien ya no está físicamente presente.
Desde mi propia experiencia, después de la muerte de mi marido, descubrí que lo que más ayudaba no era que alguien intentara sacarme del dolor, sino que hubiera personas capaces de permanecer a mi lado sin querer cambiar lo que estaba viviendo. Personas que supieran escuchar, sostener el silencio cuando hacía falta y respetar mi proceso.
Creo que, como sociedad, todavía tenemos una asignatura pendiente con el duelo. Muchas veces no sabemos qué decir y, con la mejor intención, recurrimos a frases como: «No llores», «Tienes que ser fuerte», «La vida continúa» o «El tiempo lo cura todo». Entiendo que nacen del deseo de ayudar, pero quien está sufriendo no necesita que le quiten el dolor ni que le animen a pasar página cuanto antes. Necesita sentirse escuchado, comprendido y respetado en su proceso.
Con el tiempo comprendí que acompañar un duelo no consiste en "arreglar" a nadie. Consiste en ofrecer presencia, respeto y humanidad. En transmitir, con nuestra actitud, que no hay nada malo en sentir lo que se siente.
Y hay otra cosa que, para mí, también es muy importante. Llega un momento en que muchas personas descubren que, aunque la muerte cambia muchas cosas, el amor no desaparece, no pone fin al vínculo con quien ama. La relación con esa persona ya no es la misma, pero el vínculo puede seguir vivo de otra manera. El amor no desaparece con la muerte. Puede cambiar de forma, puede aprender un lenguaje nuevo, pero sigue estando ahí. Comprender esto ha supuesto un antes y un después para muchas de las personas a las que he acompañado... y también para mí.
Por eso, si tuviera que resumir en una sola frase lo que creo que necesita una persona que está atravesando un duelo, diría esto: no necesita que le devuelvan la vida que tenía. Necesita que alguien la acompañe, con respeto y sin prisas, mientras aprende a vivir la vida nueva que la pérdida ha dejado.
Los talleres que realizas de introducción y apoyo al despertar de la mediumnidad, ¿cómo surgieron, qué te inspiró a realizarlos?
M.G. En realidad, mis talleres nacieron de la unión de dos grandes pasiones que han marcado mi vida.
La primera es la enseñanza. Durante más de treinta años fui profesora de Lengua y Literatura en Educación Secundaria. Enseñar nunca fue solo un trabajo para mí; siempre sentí que era una forma de acompañar a las personas en su crecimiento. Me apasionaba transmitir conocimientos, despertar la curiosidad, motivar, inspirar y ver cómo cada alumno descubría capacidades que ni siquiera sabía que tenía.
La segunda pasión llegó de una manera completamente inesperada: la mediumnidad.
Cuando esta comenzó a formar parte de mi vida, tuve que recorrer un camino largo de aprendizaje. No fue un camino de rosas. Como muchas personas, conviví durante mucho tiempo con dudas, miedos y la sensación de que quizá aquello no era para mí. Además, tenía la creencia de que solo podían ser médiums quienes habían manifestado esa capacidad desde la infancia. Yo no era ese caso.
Con el tiempo comprendí que mi mayor obstáculo no era la mediumnidad, sino mi propio ego: esa voz que constantemente cuestionaba, comparaba y me hacía sentir insuficiente. Aprender a confiar en la experiencia, más que en el juicio de mi mente, fue una de las lecciones más importantes de todo este proceso.
Y precisamente por haber recorrido ese camino, hoy sé que muchas de las personas que llegan a mis talleres sienten exactamente lo mismo que yo sentí. Dudan de sí mismas, creen que no son capaces o piensan que la mediumnidad es un don reservado para unos pocos. Mi propia experiencia me ha demostrado que no es así.
Fue entonces cuando comprendí que podía unir aquello que siempre había amado enseñar con este nuevo mundo que había transformado mi vida. Sentí que no tenía sentido guardar para mí todo lo aprendido. Quería compartirlo, acompañar a otras personas y ayudarles a descubrir que la mediumnidad no consiste únicamente en establecer contacto con el mundo espiritual, sino también en desarrollar una sensibilidad más profunda hacia la vida, hacia uno mismo y hacia el amor que nunca desaparece.
Mis talleres nacieron de ese deseo: enseñar desde la experiencia, acompañar desde la humildad y transmitir un mensaje que considero profundamente esperanzador: que el vínculo con quienes amamos no termina con la muerte y que, en mayor o menor medida, todos podemos aprender a percibir ese amor que sigue presente.

¿Cómo crees que cambiaría el mundo y la sociedad, cuando los seres humanos entiendan que somos mucho más que un cuerpo físico ?
M.G. Creo que cambiaría muchísimo.
Para mí, el verdadero cambio no está solo en pensar que la vida continúa después de la muerte. El verdadero cambio empieza cuando una persona se abre a la posibilidad de que somos mucho más que un cuerpo físico. Porque, cuando eso ocurre, también empieza a mirar la vida de otra manera.
A muchas personas les sorprende que yo hable tanto de la muerte. Piensan que debe de ser un tema triste. Sin embargo, mi experiencia ha sido justo la contraria. Cuanto más me he acercado a la muerte, más he aprendido a valorar la vida. Hoy disfruto mucho más de las cosas sencillas, doy menos importancia a preocupaciones que antes me parecían enormes y procuro dedicar más tiempo a las personas que quiero.
También creo que viviríamos con menos miedo. Menos miedo a perder, a controlar todo lo que nos ocurre o a buscar constantemente la aprobación de los demás. Quizá nos daríamos cuenta de que lo realmente importante no es lo que tenemos, sino cómo vivimos, cómo amamos y cómo tratamos a las personas que se cruzan en nuestro camino.
También pienso que nos volveríamos una sociedad más compasiva. Comprender que todos estamos viviendo una experiencia humana, con nuestras alegrías, nuestras heridas y nuestros aprendizajes, nos ayudaría a juzgar menos y a acompañarnos más.
Hay otra reflexión que me acompaña desde hace tiempo. A veces pienso que el mayor problema no es que las personas tengamos miedo a la muerte. Quizá el verdadero problema es que muchas veces no sabemos realmente quiénes somos.
Si viviéramos con la certeza ,o, al menos, con la experiencia interior, de que nuestra esencia va mucho más allá del cuerpo, creo que nuestra forma de relacionarnos cambiaría profundamente. Habría menos necesidad de competir, de demostrar, de controlar o de vivir desde el miedo. Nos sería mucho más fácil actuar desde el amor, la compasión y el respeto.
Evidentemente, no creo que eso significara que desaparecerían todas las dificultades. La vida seguiría presentándonos retos, pérdidas y momentos de oscuridad. Yo misma pienso que la luz y la sombra forman parte de la experiencia humana y que ambas tienen mucho que enseñarnos. Pero, aun así, creo que viviríamos esa oscuridad desde un lugar muy distinto si no olvidáramos quiénes somos en esencia.
No pretendo convencer a nadie de que piense como yo. Cada persona tiene su propio camino y sus propias creencias. Lo único que me gustaría es invitar a mantener la mente y el corazón abiertos. Porque la mente abierta no consiste en creerlo todo; consiste en no dar por imposible aquello que todavía no comprendemos.
Al final, quizá el mayor cambio no sería descubrir que la vida continúa más allá de la muerte. El verdadero cambio sería comprender que, precisamente porque somos mucho más que un cuerpo físico, estamos aquí para aprender a amar. Y cuando uno entiende eso, ya no solo cambia su manera de mirar la muerte; cambia, sobre todo, su manera de vivir.
Tú siempre explicas que antes de sufrir la pérdida de un ser querido, no creías para nada en la vida después de la pérdida del cuerpo físico. ¿Puedes explicarnos cómo fue esta transición?
M.G. Sí, durante la mayor parte de mi vida fui una persona profundamente escéptica. No me interesaban especialmente estos temas y, si alguien me hubiera dicho entonces que algún día hablaría de mediumnidad, de conciencia o de la continuidad de la vida, probablemente me habría echado a reír.
Todo cambió con la muerte por suicidio de mi marido.
Su pérdida fue, sin duda, el acontecimiento más doloroso de mi vida. El sufrimiento fue inmenso, pero, de una forma que jamás habría imaginado, ese mismo dolor abrió también una puerta que hasta entonces había permanecido completamente cerrada para mí.
Poco a poco comenzaron a suceder experiencias que no sabía cómo explicar. Mi primera reacción fue dudar de ellas. Buscaba explicaciones racionales, pensaba que quizá todo era consecuencia del duelo o de mi necesidad de encontrar sentido a lo que estaba viviendo.
Pero las experiencias continuaron. Fueron muchas, muy variadas y, sobre todo, profundamente transformadoras. A veces bromeo diciendo que ni las películas de Steven Spielberg podrían competir con la creatividad de mi marido y de su "equipo espiritual". Y, aunque lo digo con una sonrisa, lo cierto es que hubo momentos en los que pensé: «Esto ya no hay manera humana de explicarlo».
Yo no llegué a la espiritualidad porque necesitara creer. Llegué porque las experiencias que vivía me obligaron a hacerme preguntas que antes nunca me había planteado. No me pedían un acto de fe; me invitaban a observarlas con honestidad.
A partir de ahí comenzó un largo camino de búsqueda. Leí, estudié, investigué, asistí a cursos, conocí a personas que llevaban años dedicándose a la mediumnidad y fui ampliando poco a poco mi manera de comprender la realidad.
Sin embargo, el cambio más importante no fue intelectual. Fue interior.
No pasé simplemente de no creer a creer. Pasé de vivir convencida de que la conciencia terminaba con la muerte a experimentar que el amor y la conciencia podían seguir expresándose de otra manera. Esa diferencia transformó por completo mi forma de entender la existencia.
Hoy no intento convencer a nadie de nada. Comprendo perfectamente el escepticismo porque yo también lo viví. Mi intención nunca es pedir a las personas que crean en lo que yo creo, sino invitarlas a explorar, a hacerse preguntas y, si llega el momento, a permitirse vivir sus propias experiencias.
Porque, al final, fueron las experiencias, y no las creencias, las que transformaron mi vida.
¿Qué señales relevantes has podido observar desde tu propia experiencia que son procedentes de la dimensión espiritual?
M.G. He vivido muchos fenómenos que, desde mi experiencia, no he podido explicar únicamente desde una perspectiva racional.
Los primeros comenzaron poco después de la muerte de mi marido. Sentía su presencia de una forma tan intensa que, en ocasiones, llegué a percibir el roce de sus labios sobre los míos o el contacto de sus manos. Fueron experiencias profundamente reales para mí y marcaron el inicio de un camino que jamás habría imaginado recorrer.
Se trataban de experiencias físicas y perceptivas que no encajaban en mi visión racional. Mi primera reacción no fue “qué espiritual”. Fue: “me estoy volviendo loca”.
Yo nunca he creído en una vida después de la muerte, es más, no podía entender a las personas que sí lo hacían.
Mi marido tuvo que esforzarse mucho para hacerme creer que todavía estaba junto a mí y que no estaba muerto. Supongo que para él fue tan difícil de creer como para mí pues tanto él como yo nunca hemos creído en nada de esto, ya sabes, estas “tonterías paranormales” como solíamos llamarlas.
Podría nombrar cientos y cientos de experiencias, pero esto nos llevaría horas y horas. Explicaré solo seis para ilustrar el gran trabajo hecho por mi marido y “su equipo” desde el más allá.
La luz que entra en el cuerpo
Por la noche, tumbada en la cama, con los ojos completamente abiertos, vi y sentí una esfera de luz blanca intensísima, cristalina, que se introdujo directamente en mi cuerpo, a la altura del estómago. No fue una imaginación: fue una experiencia física. Sentí claramente cómo penetraba y cómo ejercía una presión desde dentro.
En un instante, esa luz “estalló” y se expandió por todo mi cuerpo, desde los pies hasta la cabeza. La sensación fue indescriptible: una ola de paz profunda, una calma absoluta, una tranquilidad que no venía de mí. Me dejó en un estado de serenidad que contrastaba radicalmente con el dolor que estaba viviendo.
La luz que transforma el miedo en felicidad
Trece días después, la experiencia se repitió, pero esta vez la luz entró por mi garganta. Durante unos segundos sentí que no podía respirar, como si algo inmenso estuviera atravesándome. De nuevo la esfera de luz blanca explotó en mi interior y recorrió todo mi cuerpo.
Y ocurrió algo que me descolocó profundamente: lo que sentí no fue miedo, sino una felicidad inmensa. Una felicidad pura, inexplicable, que no tenía nada que ver con euforia emocional. Era una felicidad serena, expansiva, como si algo me estuviera mostrando que la muerte no era el final.
El billete de tren
Exactamente tres meses después de la muerte de mi marido, mi hijo encontró en el ático de nuestra casa un billete de tren apoyado sobre una máquina de deporte. Bajó corriendo, muy alterado, pidiéndome que mirara la fecha y la hora.
El billete marcaba el 8 de diciembre a las 13:20.Era exactamente el día y la hora en que su padre había fallecido.
Nadie había estado en el ático. No era un billete nuestro. Nunca viajábamos en tren. No había una explicación lógica para que estuviera allí.
Pero lo más importante no fue el billete. Fue la frase de mi hijo:“Ahora sí creo que papá sigue con nosotros.”
La noche anterior habíamos hablado sobre la muerte y sobre si la energía continúa o no. Él no creía en nada más allá del recuerdo. Al día siguiente, algo en él cambió.
Para mí, más allá de intentar entender el “cómo”, lo esencial fue el efecto: mi hijo dejó de sentirse solo. Sintió que su padre seguía acompañándolo.
Y eso transformó algo profundo en ambos.
No puedo explicar cómo apareció ese billete. Pero sí puedo explicar lo que produjo: alivio, consuelo y la sensación de que el vínculo no se había roto.

El libro
Un domingo, buscando el gorro gris de mi marido en una cesta del armario de la entrada, la vacié por completo. Dos veces. El gorro no estaba. Yo estaba desbordada de dolor, rabia e incomprensión. Subí al ático a llorar; en ese momento solo quería morirme y reunirme con él.
Al bajar, volví sin saber por qué al mismo armario.Y entonces ocurrió algo imposible: en la misma cesta que había vaciado minutos antes apareció un libro antiguo que nunca había visto. No era nuestro.
Lo primero que pensé fue: “Estoy perdiendo la cabeza. Necesito ayuda.”
El libro era La Rebelión del Atlas (Atlas Shrugged) de Ayn Rand. Lo abrí para comprobar que era real, físico. Abro el libro y la sorpresa me la llevo cuando leo en la primera página lo siguiente:
<< […] It is a mystery story, not about the murder of a man’s body, but about the murder -and rebirth- of a man’s spirit>>
Un escalofrío me recorrió el cuerpo.En medio del duelo más devastador, aquellas palabras no me hablaron de destrucción, sino de continuidad.
Y aunque en ese momento pensé que estaba volviéndome loca, esa experiencia terminó siendo uno de los puntos de inflexión que me obligaron a replantearme todo lo que creía saber sobre la muerte.
La llamada de teléfono
Un día, meses después de la muerte de mi marido, sonó el teléfono fijo de casa. No contesté las dos primeras veces. A la tercera llegué tarde, pero había un mensaje de voz.
Al escucharlo, sentí que el cuerpo se me paralizaba. La voz decía: “Cariño, te veo, veo tu cara.”
Era su voz.
No dije nada a mi familia. Les pedí simplemente que escucharan el mensaje y me dijeran qué oían. Mi madre dijo: “Es Carlo.” Mi padre confirmó lo mismo. Y cuando mi hijo lo escuchó, sin que yo le sugiriera nada, gritó: “Papá.”
En ese momento no pensé en algo paranormal. Pensé que quizá no estaba muerto, que podía estar perdido, que necesitaba ayuda. Llamé a la policía exigiendo pruebas de que realmente era él quien estaba enterrado.
Días después, me mostraron las fotografías que confirmaban su muerte. Fue devastador. Pero la llamada había sucedido.
Una cosa es sentir luces o energías. Otra muy distinta es escuchar la voz de la persona que amas en el contestador automático de tu casa.
Durante mucho tiempo intenté encontrar explicaciones lógicas a todo lo que viví. Dudé de mí misma. Me cuestioné constantemente.
Pero llegó un punto en el que ya no podía negar mi experiencia directa.
Estas experiencias no me convirtieron en espiritual. Me rompieron por dentro y me obligaron a reconstruir mi manera de entender la vida y la muerte. Lo que comenzó como el duelo más devastador terminó abriéndome a la certeza íntima de que la conciencia no desaparece.
Espectáculo lumínico
En marzo de 2012, comenzó a tener lugar en nuestro dormitorio un espectáculo lumínico que se repetía cada casi cada noche cuando me encontraba acostada, con la lamparita de la mesita de noche encendida y yo, por supuesto, completamente despierta. Eran luces naranjas, blancas, que creaban figuras geométricas e iban como bailando por toda la habitación. La primera vez no me atreví ni a moverme, hasta que sentí y supe que era mi marido acompañado de su ‘equipo’. Mi marido era esa luz naranja, que, en ocasiones tomaba forma de corazón rojo, de letras que forman la palabra “Te amo”, su cara, sus labios e, incluso, en dos ocasiones, su silueta humana. Era como tener delante de mis ojos un espectáculo holográfico.
Las noches eran la parte más maravillosa del día. El saber que podía sentirle, podía ver su luz, era el mejor regalo que me podía hacer mi gran amor, mi marido.
Con el tiempo comenzaron a suceder otras muchas cosas. Tuve sueños extraordinariamente vívidos, aparecieron sincronicidades muy significativas y recibí informaciones que más tarde pudieron comprobarse. Recuerdo especialmente dos mensajes relacionados con mi hijo. En uno de ellos percibí con absoluta claridad que sería seleccionado para un importante proyecto de la Universidad de Delft, cuando en aquel momento parecía muy difícil. Tiempo después ocurrió exactamente así. Más adelante recibí otra información: que viajaría a Japón para desarrollar otro proyecto. También terminó sucediendo.
Sin embargo, con el paso del tiempo comprendí algo muy importante: el verdadero valor de estas experiencias no está en lo extraordinario del fenómeno. Lo realmente transformador fue descubrir que, detrás de todas ellas, percibía siempre el mismo mensaje: el amor no había desaparecido.
Por eso hoy ya no hablo de estas experiencias para impresionar a nadie. Las comparto porque fueron las que me ayudaron a perder el miedo a la muerte y a comprender que el vínculo con quienes amamos puede seguir vivo de una manera diferente.

¿Qué cursos y talleres están preparando en la actualidad? ¿Puedes explicarlos para invitar a los lectores que deseen saber más?
La verdad es que soy una persona a quien le encanta aprender, pero también crear. Siempre estoy imaginando nuevos proyectos, nuevos espacios y nuevas formas de acompañar a las personas. Cuando una idea conecta con mi corazón, siento la necesidad de darle forma y compartirla.
Si tuviera que resumir mi trabajo actual, diría que gira en torno a cuatro grandes pilares.
El primero es la mediumnidad. A través de mi Taller de Mediumnidad Consciente acompaño a las personas a descubrir y desarrollar su sensibilidad mediúmnica desde una perspectiva ética, cercana y muy práctica. Más que enseñar una técnica, mi deseo es ayudarles a confiar en su intuición, a comprender mejor cómo funciona la mediumnidad y a descubrir que todos poseemos una sensibilidad que puede cultivarse.
El segundo pilar es el acompañamiento en procesos de duelo, tanto de forma individual como en pequeños grupos. Son espacios donde las personas pueden expresar libremente su dolor, sentirse comprendidas y descubrir que, aunque la pérdida transforma profundamente la vida, también puede convertirse, con el tiempo, en un camino de crecimiento y de una nueva forma de amar.
El tercer pilar es un proyecto muy especial para mí: Acompañar hasta el final. Este curso nació de mi experiencia como voluntaria en un hospicio y de mi formación como doula de muerte. Está dirigido a familiares, cuidadores y a todas aquellas personas que desean acompañar a un ser querido en la etapa final de su vida con más serenidad, comprensión y confianza. Creo profundamente que nadie nos enseña a vivir ese momento y, sin embargo, pocas experiencias pueden ser tan profundas y transformadoras como acompañar a alguien hasta su último aliento.
Y el cuarto pilar son los espacios de encuentro y conversación, como los Death Café y el más reciente Dream Café, ambos de participación gratuita. Son reuniones abiertas en las que compartimos experiencias y reflexiones sobre la muerte, los sueños, la conciencia y otros grandes misterios de la existencia. Me gusta crear lugares donde las personas puedan hablar con libertad de temas que, muchas veces, siguen siendo un tabú en nuestra sociedad. Mi deseo es que cualquier persona que sienta esa inquietud pueda encontrar un espacio de escucha, respeto y diálogo, sin que el aspecto económico sea un obstáculo.
Si hay algo que une todos estos proyectos es un mismo deseo: ofrecer espacios seguros donde las personas puedan hacerse preguntas, crecer, compartir y descubrir que hablar de la muerte también puede enseñarnos a vivir con más conciencia, con menos miedo y con mucho más amor.
A quienes sientan curiosidad por cualquiera de estas propuestas, les invito a visitar mi página web, www.montsegomez.es, donde encontrarán toda la información sobre los próximos cursos, talleres y encuentros. Será un placer darles la bienvenida.





